¿Qué le hace el storytelling a tu mente?


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¿Qué le hace el storytelling a tu mente?


Poco antes de morir, Hans Rosling escribió un hermoso libro titulado Factfulness, junto con su hijo y su nuera, en el cual, entre muchas otras cosas, nos cuenta cómo el mundo avanza firmemente en una tendencia de mejora. Dicho de otra forma, Rosling demuestra una y otra vez, a lo largo de casi 300 páginas, que el mundo es cada día mejor, cada día más seguro y cada día más próspero, a pesar de que los medios masivos de comunicación constantemente se esfuerzan por mostrar lo opuesto, por contar otra historia completamente diferente.

Lo que Rosling plantea es muy importante, porque demuestra que los humanos somos seres de historias: no importa qué tanto los datos indiquen que las cosas están mejorando, ni qué tan sólidos sean esos datos y las fuentes de las que provienen: basta con unos 3 minutos de imágenes trágicas en el noticiero para que volvamos a creer que todo está perdido, y que el mundo se vuelve día a día más peligroso.

Reformulémoslo: a pesar de que los datos digan que todo va mejor, una imagen basta para convencernos de que todo anda mal. ¿Por qué?

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Porque una imagen es capaz de contar una historia.

En esta imagen, a pesar de que no tengamos contexto, podemos saber varias cosas. Sabemos que hay un protagonista, y sin duda alguna sabemos quién es ese protagonista. Sabemos que hay una confrontación, que ese protagonista se enfrenta a un obstáculo, a un enemigo, a un rival, y sabemos también quién es ese rival. Sabemos que hay un contexto cargado, y que entonces ese enfrentamiento no es trivial. Sabemos, a partir de eso, que el protagonista es un héroe: que está solo, pero no por ello se deja amedrentar; que no tiene, al menos a la vista, un grupo que lo apoye y lo contenga, pero así y todo hace frente a su problema.

Todo eso, lo podemos saber con sólo ver una imagen. Sin ningún contexto, hay un montón de contexto. Ese contexto que no viene dado, pero que termina existiendo, es un producto de tu mente (y de la mía, y de la nuestra). La mente humana transacciona a base de historias, y cuando no tiene suficientes elementos para "leer" una historia, recurre a la imaginación para "escribir" esa historia. Es a través de historias que los humanos hacemos sentido del mundo que nos rodea, de lo que nos pasa a nivel interno, y de lo que (suponemos que) a los demás les pasa. Somos, indiscutidamente, seres de historias.

Aunque no lo creas, los humanos somos bastante buenos economizando recursos (para todo menos para el packaging, aparentemente), lo cual nos hace muy muy buenos encontrando patrones. ¿Por qué? Porque cuando encontramos una serie de cosas que tienen cara de ir en la misma cajita, nuestro cerebro entonces procede a ponerlas todas juntas en la misma cajita y, cada vez que se las vuelve a encontrar, o que se encuentra con otras cosas parecidas, sabe exactamente qué hacer con ellas y dónde ponerlas. Eso ayuda a economizar recursos, porque no hay que volver a pensar cada vez qué hacer frente a una situación: podemos poner piloto automático y hacer foco en las cosas que están por fuera del patrón, las cosas relevantes, las que llaman la atención.

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Por supuesto, esto es lo que pasa en The Matrix con la mujer del vestido rojo: en un mundo en el que todos visten de traje negro y camisa blanca, es decir, en un mundo-patrón, la mujer del vestido rojo está por fuera del patrón, salta a la vista, se vuelve relevante.

Este mecanismo de nuestro cerebro nos puede jugar muy a favor o muy en contra. Nos juega muy a favor cuando permite encontrar muy rápidamente información relevante en nuestro entorno, y nos ahorra perder tiempo -y energía- en cosas que son "del montón". Nos juega muy en contra cuando consumimos historias como este artículo publicado hace muy poco, el 18 de diciembre de 2018 (sí, es muy reciente), en la edición navideña del British Medical Journal (BMJ), que se titula "Parachute use to prevent death and major trauma when jumping from aircraft: randomized controlled trial" y que postula que -escuchá bien-: los paracaídas son inútiles.

Muy brevemente, el artículo detalla que se realizó una prueba de doble ciego, en la que dos grupos de sujetos eran sometidos a la misma prueba: se los hacía saltar de un avión, con la salvedad de que uno de los grupos saltaba con un paracaídas común y corriente, y el otro grupo saltaba con una mochila común y corriente, sin paracaídas. 30 días después de haber llevado a cabo el experimento, los investigadores hicieron seguimiento a ambos grupos, y corroboraron que no hubo diferencias en el índice de supervivencia ni de traumatismos entre ambos grupos, y que el paracaídas no tuvo ningún tipo de incidencia sobre estos resultados.

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Seguramente hay algo mal. Pero, ¿qué? Acá a los humanos nos pasan dos cosas: por un lado, nos agarra una curiosidad enorme por desanudar ese misterio, por espiar atrás de la cortina y ver cuál es el truco, porque una afirmación así contradice fuertemente lo que creemos sobre cómo funciona el mundo. Pero por otro lado, nos agarra una fiaca enorme; leer un artículo científico es engorroso, difícil, complicado... no nos parece que valga la pena un esfuerzo semejante por averiguar algo que, seamos sinceros, no nos cambia la vida (¿o acaso se te cruzó la idea de intentar saltar de un avión sin paracaídas?).

Ahí, mis queridos amigos, es donde la historia gana. La historia gana porque construye un sentido. La historia construye un sentido viable, plausible, posible, ahí donde sólo veíamos incoherencia, misterio, confusión. La historia rellena los huecos de la duda, le da relieve a los motivos, y elabora personalidades para los personajes. En el caso del artículo, primero que nada te juro que es real. Y en segundo lugar, te invito a pasar atrás de la cortina, así te cuento cómo funciona el truco: no me quiero meter con el concepto de significante vacío (pedile a Jacques Lacan que te explique qué es un significante, o a Ernesto Laclau que te explique en términos sencillos y digeribles qué es un significante vacío), pero sí te voy a decir que el truquito está en una única palabra (las palabras son significantes): avión.

Lo que hace la palabra avión es abrir en tu mente (sin que te des cuenta) un mundo de significados asociados: te imaginás automáticamente la altura, la velocidad, la cabina, el piloto, los asientos, el peligro. Lo que seguro no te imaginás es que el avión puede estar en el suelo. Si pudieras imaginarlo, no hay truco, y te darías cuenta en seguida cómo es posible que el uso del paracaídas no tenga ninguna influencia en que los sujetos de estudio puedan salir vivos e incluso caminando del experimento.

El estudio de hecho fue conducido precisamente para llamar la atención sobre el peligro de dejarse llevar sólo por los titulares, sin leer todo el contenido. De alguna forma, es lo que Hans Rosling nos advierte, una y otra vez, en el libro que ya te recomendé y que te vuelvo a recomendar: que el mundo es lo que es, a pesar de que los medios masivos de comunicación constantemente se esfuerzan por contar otra historia completamente diferente. Pareciera entonces que, queriéndolo o no, terminamos por darle la razón a Frank Zappa cuando decía eso de que "la mente es como un paracaídas; sólo funciona cuando se abre".