¿Estás fijando mal tus metas?


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¿Estás fijando mal tus metas?


Si no prestás atención, es probable que pierdas el horizonte. Sin embargo, si el horizonte sigue claro, e igual no prestás atención, es muy probable que te pierdas vos en ese horizonte.

Vos, yo, y todos los humanos tenemos una tendencia a organizar nuestras vidas alrededor de horizontes. Un horizonte puede ser llegar al viernes para que empiece el fin de semana (y con él, nuestras verdaderas vidas); otro horizonte puede ser pasar los 3 meses del período de prueba, así si nos despiden de nuestro trabajo, tenemos derecho a cobrar indemnización; otro horizonte puede ser conseguir esa reunión que venimos buscando hace tiempo con ese potencial cliente; otro puede ser lograr una entrevista con esa persona que tal vez nos pueda dar trabajo; otro horizonte puede ser la firma de ese contrato grande que venimos madurando hace ya algunos meses... y hay por supuesto muchos otros horizontes, que no se me ocurren ahora, pero que habitualmente usamos para organizar nuestras vidas.

No está mal tener horizontes. Nos sirven para avanzar con intención, con un propósito, con algún tipo de objetivo. Eduardo Galeano escribió alguna vez que

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“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Ese modo del horizonte es el que nos sirve, porque nos habilita algo de terreno por delante, para que podamos seguir caminando. Pero todo en exceso es perjudicial. Y, en este caso, el peligro yace en que se dé vuelta la cosa y que, en vez de tener horizontes que nos sirven, nos volvamos nosotros mismos sirvientes de nuestros horizontes.

El problema de la mentalidad de horizonte es que la vida humana tiene un único horizonte, y cuando lo alcanzás, chau, se acabó. Entonces, tal vez vendría bien preguntarnos seriamente si esta mentalidad de horizontes es realmente una buena forma de organizar nuestras vidas, de administrar nuestras energías, y de invertir nuestro tiempo.

Como la paja se ve mejor en el ojo ajeno, probá con pensarlo fuera de vos: pensá en toda la gente que conocés, tu familia, tus amigos, conocidos. ¿Alguno de ellos llegó al horizonte? ¿Tenés algún testimonio de primera mano de alguien que haya pasado del otro lado? ¿Y de alguien que pasó ese momento bisagra, y a partir de ahí todo cambió para siempre, y de ahí en adelante todo fue felicidad y tomar unos traguitos en su isla privada? Probablemente no.

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Y ni aunque te ganes la lotería vas a estar salvado para siempre. Entonces, ¿hay algo más allá del horizonte? ¿Es incluso posible cruzar el horizonte? ¿O es solamente una idea, un punto fijo que nos sirve para caminar, cuyo único propósito es estar siempre alejándose para obligarnos a seguir caminando?

La realidad es que no existe ese momento definitivo en el que cambia todo para siempre. Mucho menos existe un momento a partir del cual todo cambia para mejor y se mantiene así para el resto de la vida. Tiremos abajo el mito: no existe el apretón de manos secreto, ni la piedra filosofal, ni existe un conjuro ni ninguna otra clase de secuencia mágica de palabras o de acciones que destrabe todo, que descubra un tesoro o una clave, o que nos haga pasar al siguiente nivel; no hay llave que abra el cofre de la felicidad, ni hechizo que nos garantice la felicidad para siempre. Tu vida en este mundo, al igual que la mía y la de todos nosotros, es en sí misma una secuencia mágica de palabras y acciones, y ellas son su propio fin.

Lo que importa no es llegar al viernes, o llegar a diciembre, que es el viernes del año: lo que importa es lo que vivas de acá al viernes, de acá a diciembre. Y si ya es viernes, y encima un viernes de diciembre, lo que importa es lo que vivas desde hoy hasta el próximo viernes, de hoy hasta el último viernes del próximo diciembre, desde hoy hasta tu último viernes.

Se va terminando el año, y volvemos a la cantinela de siempre: estamos todos cansados, y los días se nos van pensando, hablando y comportándonos como si el primer lunes de enero se fuera a resetear el sistema, y otra vez fuéramos a estar energizados, listos para conquistar el mundo. En estos días, vas a volver a prometer que en 2020 arrancás la dieta, el gimnasio, o que vas a empezar a ahorrar, o que vas a arrancar ese proyecto que tenés en un cajón desde hace meses o años; vas a prometerte cambiar de hábitos, salir más (o menos), trabajar más (o menos), y etcéteras infinitos. ¿Por qué? Porque estamos llegando al horizonte. Cambiamos el calendario y sentimos que cambiamos nosotros. Insisto, no está mal.

Lo que está mal es que vivamos como si todo girara en torno al horizonte. No vas a empezar la dieta ni el gimnasio, ni a ahorrar, ni a trabajar en tu proyecto mañana mismo: vas a esperar al 1º de enero. En realidad, vas a esperar al primer día hábil de la primera semana del primer mes del nuevo año, porque ahí hay un horizonte. Lo que está mal es que, si por alguna razón llega febrero y te encontrás con que abandonaste tu nuevo hábito, te vas a desanimar, te vas a sentir mal y, peor aún, no vas a retomar: vas a esperar a que llegue el nuevo horizonte para volver a empezar.

La mentalidad de horizonte te hace perder tiempo. Entre el ahora, entre este minuto y el próximo horizonte que tenés a la vista, lo que hay es tiempo perdido. Tiempo que no vas a recuperar, pero que tampoco vas a invertir en hacer lo que tenés ganas de hacer, sino en esperar que sea el momento correcto. Lo vuelvo a decir, porque con esta nueva información, va a sonar diferente: no hay apretón de manos secreto, no hay un conjuro ni ninguna otra clase de secuencia mágica de palabras o de acciones que destrabe todo. Y tampoco hay un momento correcto. Tu vida, y cada uno de los días que vas a vivir de acá a que se te acabe, es el momento correcto. Ese es el único horizonte real, y cuando llegues, ya va a ser tarde para empezar.

Podría terminar esto acá, con esta nota oscura, que quizá pueda resultar algo motivadora, sí, pero a la vez es bastante desoladora. Pero se puede hacer todo esto de otra forma. Y el objetivo de esto que estoy escribiendo es hablar, precisamente, sobre esa otra forma.


Convertí tus metas en tus reglas

La mejor manera de alcanzar un objetivo, si me preguntás a mí, es esa: convertir las metas en reglas. En vez de pensar mis objetivos como lo que quiero alcanzar, como el resultado final de lo que estoy haciendo hoy, puedo pensarlos como mis modos de hacer, como lo que voy a meter a la olla y no lo que espero sacar.

Muchas organizaciones con las que tengo el placer de trabajar insisten con que quieren crear una cultura sana, basada en la confianza, en la que las personas se sientan a gusto y tengan lugar para crecer y desarrollarse. Pocas son las organizaciones que arrancan desde ahí.

Muchas organizaciones y autónomos con quienes tengo el placer de trabajar dicen querer mejores clientes, que apuesten a su trabajo, que entiendan el valor que aportan, y que estén dispuestos a pagarles una suma acorde con eso. Son pocos los que empiezan por ahí.

Muchos colegas con quienes tengo el placer de conversar están en busca de una oportunidad para hacer su mejor trabajo, para crear algo que deleite a las personas, para dejar su huella en el mundo. Pocos son los que empiezan por hacer su mejor trabajo.

Pareciera que estamos todos esperando ser elegidos, que nos den la oportunidad de hacer lo que tenemos ganas de hacer, lo que nos inspira, de llegar al horizonte. Pareciera que estamos todos esperando que nos den el premio Nobel de literatura para poder escribir una novela. Y dicho así, suena muy obvio que la secuencia está invertida, que primero hay que escribir la novela y, si es lo suficientemente buena, quizá ganemos el premio. Obvio, ¿no?

Pero, si es tan obvio, me atrevo a preguntar: ¿de dónde va a salir esa cultura sana, basada en la confianza en la que las personas se sientan a gusto y puedan crecer y desarrollarse, si no es de que, precisamente, en el día a día, confiemos en las personas, nos esforcemos por hacerlas sentir a gusto, y les demos oportunidades para crecer y desarrollarse? ¿cómo vamos a tener mejores clientes, que nos valoren, apuesten por nosotros y estén dispuestos a pagar un precio justo a cambio de nuestro trabajo, si mientras tanto agarramos clientes que nos maltratan, nos pagan mal, y denigran nuestro trabajo? ¿cómo esperamos que se nos dé la oportunidad de hacer nuestro mejor trabajo, si no tenemos cómo mostrar nuestro trabajo, si nunca hicimos el trabajo, y si no afilamos nuestras propias herramientas para poder hacerlo?

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Tenemos, entonces, dos opciones. Podemos seguir esperando a llegar al horizonte para poder empezar. Y mientras tanto seguir cayendo, año a año, mes a mes, y día a día, en la trampa de hacernos promesas que en el fondo sabemos que no vamos a cumplir. O podemos, en vez de eso, empezar hoy.

Hacer nuestro mejor trabajo hoy para que, en un año, estemos cumpliendo un año de hacer nuestro mejor trabajo. Elegir mejores clientes para que, en un año, estemos cumpliendo un año de tener mejores clientes, y de poder decir que los mejores clientes nos eligen. Empezar hoy a hacer todo lo que nos imaginamos que hacen las personas en una cultura sana, basada en la confianza, en la que todos se sienten a gusto y tienen lugar para crecer y desarrollarse, para que, en un año, bla bla bla, ya entendiste el punto.

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El horizonte está ahí para hacernos caminar, sí, y también para que, cuando hayamos llegado al punto que hace un tiempo era nuestro horizonte, nos quede todavía mucho por andar para llegar al horizonte, y a la vez podamos mirar para atrás y ver todo lo que avanzamos, todo el camino que el horizonte nos obligó a caminar.

Yo elijo empezar hoy. Ojalá vos también. Nos vemos allá, en el próximo horizonte.